lunes, 26 de marzo de 2012

martes, 6 de marzo de 2012

MÁS DE UN VIAJE

GINEBRA, 2 DE MARZO DE 2012


Ayer la noche tenía una reserva de hotel y debería haber dormido en Friburgo. Pero como estuve trabajando en Lausanne hasta la tarde, al final cambié la reserva y he dormido allí. A última hora, antes de cenar, pude dar un paseo y disfrutar de una ciudad que me encantó. Con unas vistas al lago impresionantes, una catedral con mirador, cuestas empedradas, bares antiguos, repletos de gente tomando un vinito…os he puesto alguna foto en la “entrada” de ayer. Por la noche cené con un compañero de trabajo y su mujer que fueron encantadores y, a pesar de que deben de tener mucha gente de paso, me dedicaron su tarde-noche (según horarios Suizos, porque cenamos a las ocho y media, bastante tarde para aquí).

Algunas veces las casualidades suponen oportunidades excepcionales. Esta mañana cogimos el tren en Lausanne para ir a las oficinas de Friburgo. El día era soleado, radiante desde primera hora. Del lago se levantaba una niebla densa, pero luminosa. Al fondo se veían los Alpes. A sus pies se intuye Evian. La ladera, Patrimonio de la Humanidad, está cubierta de viñedos, agrupados en tramos separados por muretes de piedra, como si la tierra estuviese peinada en retales. Las casas, pocas y separadas, impecablemente cuidadas, armoniosas. En cuánto se levantó un poco la niebla pude entender porque se llama la zona de los “tres soles”: éste, además de verse en directo, se refleja en las montañas nevadas –o heladas, más bien- y en el agua del lago, en perfecta calma, plano. La nieve, junto a las vías, casi ha desaparecido. Sólo quedan algunas zonas de sombra en la que ésta permanece, blanca, limpia y de contornos perfectamente delimitados, redondeados.

A veces un paisaje te desasosiega, por desordenado, por feo, por agresivo. Tenemos ejemplos cercanos… Y, otras, el paisaje te da serenidad. Todo parece en su sitio y te sienta bien mirarlo. Dicen que, a veces, la belleza es tanta y tan intensa que puede provocarte malestar físico. El síndrome de Stendhal, creo que se llama. Lo siento por ti, Señor Stendhal, a mi este paisaje me está haciendo sentir cojonudo.


El mayor inconveniente es que voy obsesionado intentando hacer fotos para poder compartir esto con vosotros. Con la gente a la que quiero y con la que me apetece compartir estos momentos. Con Arantxi y Felipín, que me dice siempre que me leen constantemente pero que los tengo abandonados. Igual que Oskar, que se queja porque “ahora sólo pones fotos y no escribes nada”, o Anuska…o gente a la que no veo nunca, y con la que me comunico a través de este blog, como Thais, o Choupy y el Chef, o Roca. O Davizón, que sé que me sigue en la distancia y en silencio. Con Plácido, que se manifiesta de vez en cuando para hacer algún comentario y por eso se que me lee, aunque haga años (¿siete? ¡Madre mía!) que no nos veamos. O mis “incondicionales”, como Helena, Anita Chordi, mi hermana o July y Mike. Y con Javito, claro, como siempre. Por eso he decidido hacer al revés que últimamente: dejarme llevar, mirar directamente, y no a través de la cámara o de la BlackBerry y contaros después. O intentar contaros, porque es difícil hacerlo sin ser muy cursi. Por tanto, dejo la cámara y simplemente miro por la ventana, impresionado.


Hay casas unifamiliares con vistas al lago, y, más allá, la neblina en estratos, formando capas de colores. Hay senderos estrechos, empinados, que serpentean valle abajo. Y algún árbol, sin hojas, viejo y sólido, con una copa redondeada y ramas con formas enrevesadas. Algún riachuelo, un coche a lo lejos, un tractor. Algún perro. Y, de nuevo, de vez en cuando, un tamo de montañas blancas al fondo.


De la misma forma en la que algunas veces, de repente, una llamada de teléfono, una noticia, un comentario…pueden deshacer el equilibrio y desasosegarte, de manera que “nada encaje”, hay momentos en los que todo parece equilibrado. Y en esos momentos, claro, hay un pudor cultural en decirlo, porque parece que uno “tienta a la suerte”. [Sé que mi madre entiende lo que digo.] Pero, por otro lado, no parece lógico ponerse trabas para disfrutar de ese momento preciso. Reconocer que es corto, inestable, casual. Quizás inmerecido. Pero es un momento real. Por las mismas razones, único y que no puedes dejar de (intentar) compartir con los que quieres. La camisa no me llega para respirar lo profundo que necesitaría (me cago en el superslimfit…). Y los ojos no son suficientes para ver todo al mismo tiempo. Debería hacer diez o doce viajes como este, en el mismo tren, a la misma hora, con la misma luz y el mismo ángulo, para poder ver todos los detalles. Deberíamos, como comentaba ayer con Jorgito, tener varias vidas para hacer todo lo que querríamos hacer. Pero, de momento, me dejo ir y disfrutar de ESTE viaje. Que es el que tengo garantizado, el real. De momento, el único.


Unos militares entran en el vagón, diez o doce, casi adolescentes todos, con la nariz grande y llena de acné alguno. Llevan unas mochilas grandes. Y un fusil al hombro, plegado por la base, colgado al cuello. Supongo que el hecho de que sean tan jóvenes no necesariamente los hace más peligrosos. No lo sé…Siempre me da miedo que a esta gente se les vaya la pelota y a tomar por saco el momento único y la plenitud, claro. Pero no. Se sientan, hablan entre ellos, ríen, y, cuando no los ves y sólo los oyes hablar a lo lejos, pero a gritos, te olvidas y tiendes a pensar que en lugar de fusiles llevan mochilas escolares o carpetas con pegatinas. En fin, vuelvo a mi paisaje, a mi serenidad y a mi plenitud efímera.


La niebla se ha disipado ya del todo. Ya estamos en el Cantón de Friburgo y, al pasar un túnel del paisaje ha desaparecido el lago y todo es un poco menos idílico. Alguna fábrica, algún tractor, algún galpón…¡Coño, esta gente, de vez en cuando, también necesita algún “alpendre” para meter sus aperos! Pienso, ahora, que el paisaje que he visto no es tan distinto a otros que conozco. El paseo tiene un aire al valle del Sil, que es tanto o más impresionante. O a la costa mallorquina que, a la altura de Bañalbufar, cae en suavemente, plantada de viñedos, hacia el mar mediterráneo. O a algunas zonas de la costa Francesa, o de Mónaco…o de Muros y de Betanzos, en su zona que mira hacia la ría. Todo me recuerda a sitios conocidos, pero provoca sensaciones bien distintas. Y pienso en qué vería Luisy cuándo vivía en Suiza. Y en qué verían todos los emigrantes gallegos (y de otras partes de España), que vinieron aquí a ganarse el pan pasándolas putas. Porque el paisaje, claro, era el mismo. Pero estoy seguro de que ellos no tenían la suerte de poder mirarlo ni, mucho menos, de disfrutarlo. El tren que los llevaba como emigrados a Suiza –ella me lo ha contado miles de veces, y sé que no inventa ni exagera- pasaba, en la frontera, rigurosos controles que empezaban por desnudarlos para poder examinarlos. Afortunadamente, no suena creíble hoy. Pero no hace tanto tiempo…Y, también sé por ella, que “el cielo era gris y estaba más bajo, se te venía encima”. O así lo sentía ella, con apenas 20 años, separada de sus hijos recién nacidos y ahorrando hasta el último duro para poder mandárselo a ellos y construir, en Cecebre, una vida un poco más fácil. A mí me parece, hoy, que el cielo está alto, lejos, azul y brillante, como recién estrenado. Pienso, por tanto, en lo afortunado que soy.


En Palezieux (chiste para Marie…J’en a deux!) se suben dos chicas que llevan en la mano los esquíes, como nosotros podemos (algunos) llevar unos patines. En mi tierra (aparte de que la mayor parte de la gente, aunque ya no emigra, no ha aprendido a esquiar y mucho menos de pequeño), tendremos paisajes que recuerdan a estos, pero los esquís se llevan tapados, en un maletero, o embalados, para viajar lejos. No estoy acostumbrado a ver a la gente que va un ratito a esquiar, y luego vuelve a casa, sin equipaje, sin facturar y sin viaje largo de por medio.


Nos acercamos a destino, el pensamiento se centra ya en el trabajo. En las reuniones del día. En los correos de trabajo que me han empezado a “caer” desde España. Pero, después de haber disfrutado de semejante paisaje, la jornada se hará, seguro, mucho más llevadera.


Espero que los que no habéis hecho nunca esta ruta en tren tengáis la oportunidad de hacerla algún día. Y los que ya la conocéis, podáis disfrutar, en algún momento, de un nuevo trayecto por aquí en un día soleado.


Porque, Jorgito, un solo viaje, NUNCA es suficiente.

jueves, 1 de marzo de 2012